Hacia un tratamiento integral de los trastornos mentales

April 28, 2017

Actualmente, el tratamiento de pacientes con enfermedad mental grave, se centra en la terapia con neurolépticos, básicamente debido a la pervivencia de viejas teorías sobre la alteración de neurotransmisores y generado, sin duda, por la presión asistencial sobre el sistema de salud basado en la consulta médica y la prescripción farmacológica.

 

La ausencia de un conocimiento real de la enfermedad mental, ha categorizado a los pacientes en el criterio sectario de enfermedades del cerebro, y la presión farmacéutica, ha abordado la sedación y aislamiento de estos pacientes mediante “camisas de fuerza químicas” como principal criterio de tratamiento.

 

Los profesionales de la salud no han tenido una formación unitaria, científica y adecuada en este campo, por otro lado complejísimo, ya que abarcaría estudios antropológicos, evolutivos, biológicos, sociales, culturales, neurocientíficos, etc etc. Esta gran amplitud de áreas involucradas en el trastorno mental, ha dado lugar a que existan psicólogos (con diversas escuelas), psiquiatras (agrupados en sociedades antagónicas) e incluso antipsiquiatras (algo único en las especialidades médicas, en donde uno no se imagina a médicos del corazón que se califiquen como “anticardiólogos”).

 

En todo este berenjenal, las neurociencias apuntan de manera definitiva, a problemas del neurodesarrollo que señalan al “conectoma” como alteración, generando vulnerabilidad. La presión de una sociedad muy alejada de la tribu adaptada a la naturaleza en la que ha evolucionado nuestro cerebro como especie, junto a una gran alteración de nuestra dieta y, por tanto, de nuestra microbiota, conforma el tercer pilar sobre el que, probablemente, asientan estos trastornos, dándoles un concepto sistémico y general y alejándolos del reduccionismo cerebral exclusivo.

 

No podemos mantener la situación actual en la que, por ejemplo, los pacientes con esquizofrenia son mucho más propensos a tener una infección grave (63%). Tienen una esperanza de vida inferior a 20 años con respecto a la población general y una calidad penosa, sobreviviendo, en muchos casos, con pequeñas pensiones que apenas les dan soporte vital.

 

Tenemos armas conceptuales. Sabemos que si somos precoces en el diagnóstico de las alteraciones del neurodesarrollo y, por tanto, de las primeras señales de disfunción, podemos evitar la exposición a factores tremendamente estresantes (acoso escolar, o familias desestructuradas, por ejemplo). También sabemos que la dieta puede ser excepcionalmente importante, estimulando la formación de una microbiota adecuada (evitando alimentos muy procesados, carbohidratos simples, exceso de ácidos grasos n6 etc etc). Incluso, factores ambientales como el juego en la edad escolar, incluyendo el ejercicio físico y evitando el aislamiento y la marginación, pueden ser muy importantes para evitar el paso de la vulnerabilidad a la lesión, el aislamiento y el estigma.

 

Tenemos una enorme tarea por delante para que el paciente que entre a la consulta, no salga con un neuroléptico inyectable de por vida, sino con toda una batería de actuaciones encaminadas a tratarle su alteración, desde el tronco central causante.

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